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No Donny, esta gente son nihilistas, no hay nada que temer

21/12/2009

Esta es la primera de una serie de insulsas entradas Los elementos del periodismo, de Bill Kovach y Tom Rosenstiel. En cada una de ellas se reflexionará sobre un capítulo concreto. En este caso, el tercero, titulado “Para quién trabaja el periodista”.

Este epígrafe se puede resumir en estas ideas: La aplicación de criterios empresariales ha alejado a los periodistas de los ciudadanos, con la pérdida de confianza de estos últimos en los primeros. Y era esta confianza la que cimentaba el negocio. Todo intento ajeno al periodismo sólo empaña la relación y colabora a deteriorar la situación económica de la empresa informativa. Porque los clientes del periodista no son los lectores, sino los anunciantes que se valen del vínculo entre periodista y lector.

Pero no hay que olvidar que las empresas periodísticas siguen siendo eso, empresas. Por ello, los autores establecen una serie de medidas. Las más significativas son la identificación de los directivos, de los responsables económicos de la empresa, con los ideales periodísticos, el control último de los redactores sobre sus escritos y manifestarse ante el público, hacerle saber sus criterios claramente, sanear la relación periodista-lector (u oyente, o espectador).

Pero hay un fenómeno que me interesa especialmente: el periodista nihilista. Si, como dice Rosa María Alfaro Moreno en su ensayo Periodismo y ética en compromiso con la sociedad, se produce un fenómeno de anomía en el público (alienación con respecto a la sociedad) por despreciar las opciones contrarias y adscribirse únicamente a las afines, en los periodistas se produce algo parecido, pero de signo contrario.

El periodista pierde sus ideales, no cree en nada y en vez de centrarse en el qué de las cuestiones políticas, de los actos mismos de los políticos, se lanza a divagar en los porqués, aportando opiniones gratuitas. Se centra en las vidas privadas de los políticos, y no en las acciones de la política que interesan realmente a los ciudadanos. Se aisla, así, de los lectores.

Los periodistas, cada vez más distantes, tratan a la audiencia como un simple consumidor, que demuestra su consonancia comprando o dejando de adquirir el periódico. Se centra, pues, en vender, olvidando el compromiso para con el ciudadano.

Y esta falta de ideales es la causa última del mal estado del periodismo, lo que suscita la pérdida de confianza del público.  Es necesario un periodista conducido por el afán a la verdad y la lealtad al lector, que no se sienta cohibido por presiones externas, como afirma María Teresa La Porte.

El problema es que , frente a la crisis económica que ha venido a agravar aún más la del periodismo, es difícil defender valores que menoscaban la finaciación del medio, la publicidad. Y un profesional aislado, defendiendo sus ideales, no hace sino poner su empleo en peligro.

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